Nada
tan bueno como abandonar un vicio, salvo la sensación que tienes cuando estás
viviendo dicho vicio. Pero es mejor sacarse el vicio y luego contarlo, que
quedarse con el vicio de tener ese vicio.
El mío,
era el juego, quizá promovido por la falta de trabajo y la falta de ganas de
trabajar. Fue allí como me inicié con las metras, donde llegue a tener un
botellón de agua lleno de metras, pero compradas, porque era malísimo jugando
metras. Yo era el banco de metras de los demás, sin intereses ni pagos por
hacer.
Luego
me acostumbré a las loterías y a las apuestas de caballos, en las que hubiese
ganado toneladas de dinero de no haber tenido el vicio de ambas o de haber
apostado a que perdía; lo que ocurre con lo segundo es que nadie iba a correr
dicha apuesta ya que estaba de anteojito que perdería.
Pero,
la tecnología ataca y a mí me atacó con las llamadas “máquinas traganíqueles” o
“máquinas tragamonedas” o como le dicen en España, “máquinas tragaperras”,
quizá porque hasta la perrita de la abuela empeñaba la gente a ver sí podía
recuperarse o doblar lo perdido, siendo esto último exactamente lo que sucedía,
doblaban las pérdidas y a ellos la abuela les doblaba el lomo con un rodillo
por apostar a su perrita “Colitas”.
Sucedió
pues que me envicié realmente con estas máquinas de apuestas, pues me seducía
el movimiento giratorio y el que tres figuras iguales me dieran premio o que
toda la pantalla coincidiera con una fruta, un símbolo o número y escuchar como
el contador iba llevando el bote al área de pagos en la que uno cobraba.
Ese sonido
realmente poco lo escuchaba, más bien escuchaba cómo iba descontando de mí
apuesta y el bote iba creciendo, mismo que al final del día, el dueño del local
auto – apostándose, sacaba y se “cobraba” para no pagarle a nadie, ya que él ya
había descontado el precio del alquiler. Una manera muy astuta de estafar
doblemente a aquellos que, como yo cuando era mundano, teníamos el vicio del
juego.
¿Qué cómo me curé?
Sí,
voy a eso, es que necesitabas meterle en el contexto para que entendieran como
la luz de la dicha me iluminó. Ahí les va.
Anteriormente,
los seres humanos debíamos ir a pagar la cuenta del teléfono de casa directamente
en las oficinas de la empresa
telefónica, en Venezuela llamada CANTV. Pasado el día 21 de cada mes, se vencía
la fecha de pago y nos daban 14 días adicionales para pagar o ¡ZAS!, nos
cortaban la línea telefónica.
Pues,
como ya estarán intuyendo (y sí no, que poca imaginación tienen), fui a pagar
el recibo el día antes de que nos quitaran la línea y se me atravesó la máquina
tragamonedas en el camino. Dato curioso: La oficina de CANTV estaba en la otra dirección
de la ciudad, no sé cómo me equivoqué así (guiño, guiño).
Ya estando
allí, la mente en todo su rigor me dice, “pues vamos a doblar esa cantidad y
así pagamos dos meses o nos compramos unos zapatos y además, recuperamos lo ya
perdido; y sí se pierde, pues bueno, a nosotros casi nadie nos llama”.
Ante
tan sólidos, coherentes y morales argumentos, comencé a apostar el dinero del
pago de la factura telefónica. Un montón de billetes se transformó rápidamente en
uno solo.
Y allí,
cuando las lágrimas o quién sabe qué parte de mí cuerpo se elevó y hacía
cohabitación con mí manzana de Adán y estaba totalmente resignado a que me
dieran una pela con la mano, palo, correa, chancletas, cable del radio, el
radio, zapatos, la pata de la cama, algunos golpes de Kung Fu y me hicieran
comer por un mes sólo lo que yo cocino, se hizo el milagro.
Esto
que les cuento es verdad. En el último tiro, la pantalla fue de frutas. Un frutero
con las dos frutas que más pagaban, las cerezas y los duraznos. Eso devolvió todo
lo perdido más un pelo.
Y como
todo jugador asustado, dije, ¡Voy a recoger el dinero del recibo del teléfono,
el vicio no me puede hacer más estúpido!, pero aposté el pelito extra y
salieron los tres “1” que abrían un “bonus” y me dio un extra.
Ya,
con el guargüero más controlado, sin ganas de ir al baño y los ojos llorosos,
recogí el dinero y fui a pagar el recibo. Al llegar a casa eché el cuento y así
de asustado me vieron que no me regañaron, ya que había recibido una gran
lección. Igualmente me hicieron comer lo que yo cocino como para que no se me
olvidara más nunca.
Siendo
pues que desde ese día el vicio del juego se me amansó a niveles increíbles,
sólo jugando lotería de vez en cuando, siempre perdiendo. Lo único que gané es
que una vendedora de loterías se fijara en mí, hasta que por costumbre, también
a ella la perdí.
Actualmente
estoy jugando una versión de tragamonedas en Android y voy apostando con
inteligencia, como sí me fueran a pegar sí lo pierdo todo. Porque después de
todo lo vivido, aprendí que “nadie debe cambiar a su mamá, por un burro”.
Les apuesto
que he cambiado. Ahora, puro concurso gratuito.

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