Imaginen un universo
paralelo en el que las cosas funcionan correctamente (sin llorar, háganme el
favor). Y aclaro que ese imaginario no implica tener un universo donde la
gravedad flote o los gatos dominen el planeta (eso ya pasa en Internet y en las
casas de la gente soltera), sino uno mucho más aterrador para la clase política
global: un mundo donde la transparencia y el no ser corrupto sea algo obligatorio,
automatizado y con notificaciones directas al teléfono de la ciudadanía, ante
cada acto, gasto, comentario del político de turno al mando o trabajador de
cualquier ente gubernamental.
E imaginen que en ese
universo desde hace muchos años, la gente hizo llorar a los corruptos.
Cómo lo lograron: Con la App Anticorrupción del Millón de Explicaciones y Notificaciones
Ese universo o planeta
(ya me confundí), reescribió su historia depurando a la casta política un
martes a las 8:00 AM cuando un grupo de programadores independientes lanzó una
herramienta descentralizada llamada LicitAcción Real (nombrazo,
jombe).
La premisa era
destructivamente simple: cada vez que un contrato público se inflaba un 1% por
encima del precio de mercado o que es lo mismo, se agarraban plata del
presupuesto, el teléfono del ministro responsable emitía un sonido de cocodrilo
agonizando a 120 decibelios que no se podía silenciar (suena como las hienas,
pero en agonía, por sí no sabían).
Para las 10:00 AM, las
sedes parlamentarias de medio planeta sonaban como un estanque de cocodrilos en
pánico. Y ese sonido enviaba un alerta a los Android e iPhone de todos los
ciudadanos (sí, esos sistemas operativos son universales o multiversales, así
que allí también los usan ).
La clase política
tradicional, acostumbrada a los viáticos infinitos y a los "gastos de
representación", montarse en helicóptero o en avión, comer en restaurantes
finos y tocar congas o bailar en televisión mientras la gente pasa hambre,
intentó defenderse.
Crearon comisiones
especiales para auditar los auditores de la app auditora, además de granjas de
bots, hackers y vecinos sapos que le exigieran a sus otros vecinos desinstalar
la app o no hacerle caso o los podían golpear o ponerles música alta todo el
día.
Pero la ciudadanía hizo
algo aún más peligroso: empezó a usar la app como parámetro de comparación a
los políticos que sí habían hecho las cosas bien.
El pánico moral: "¡Nos están obligando a vivir como gente humilde!"
El verdadero caos
psicológico comenzó cuando el algoritmo de la app empezó a calificar la
austeridad de los mandatarios utilizando el "Índice Salario Mínimo".
En las noticias locales,
los analistas mostraban a diputados y gobernadores al borde del colapso
nervioso:
—“¡Es inhumano!” —gritaba
un diputado mientras le confiscaban su flota de 14 camionetas blindadas—. “¡El
sistema nos está exigiendo donar el 90% del sueldo y conducir un Volkswagen
Escarabajo de 1987! ¡Yo no sé cómo meter las compras del supermercado en un
maletero delantero!”, “¿Qué dirán mis amigos en el Pádel?”
Los corruptos
descubrieron con horror que la honestidad histórica no era un mito urbano. En
los paneles de control de la app aparecían ejemplos reales que la gente usaba
para votar en tiempo real:
- El
estándar populista: El del político que dona la
gran mayoría de su salario a programas sociales y rechazó vivir en el
palacio presidencial para quedarse en su humilde casa paterna.
- La
doctrina de la transparencia: Líderes que
convirtieron las cuentas públicas en libros abiertos, donde cada factura
de café gubernamental podía ser rastreada por cualquier ciudadano con
conexión a WiFi.
El llanto colectivo
Para el mediodía, las
lágrimas ya no eran de cocodrilo (la esposa del cocodrilo muerto que dijimos
antes); eran de pura impotencia presupuestaria.
Los desfalcos millonarios
en obras públicas inconclusas quedaron bloqueados por contratos inteligentes
que sólo liberaban pagos cuando la carretera no se desintegraba con la primera
lluvia. Las partidas secretas desaparecieron y los paraísos fiscales se
llenaron de correos de políticos desesperados pidiendo cancelar sus cuentas
porque la app publicaba el saldo en las pantallas de los televisores de las
tiendas y en TikTok Live en tiempo real (sí, ya eché a perder el cuento
multiversal con apps de aquí, perdonen).
Pero imaginen lo sabroso
que sería ver a un servidor público corrupto tener que explicar en televisión
nacional por qué un borrador para pizarrón de la escuela “Telome Terán Delgado”
costó 5.000 dólares como el
entretenimiento más visto del siglo.
El llanto masivo cuando de
los políticos corruptos porque el dinero público ya no sea un fondo personal
para sus vacaciones y vida de ricos chiquitos a costillas de uno es algo que queremos
todos disfrutar en familia.
Ojalá que algún
programador con alma de hacker y un toque de hechicero, haga algo así en este
universo. Ralearíamos a tantos políticos que habría que crear una campaña
masiva de reproducción en las parejas para volverlos a suplir en las próximas
décadas, eso sí, más sanitos y derechitos, como los soñamos para no vivir más
con esta pesadilla de tener tanto político corrupto y gente que se le guinda de
sus esferas… de poder… también.
Lección de HUMORISTECH del día:
La tecnología no elimina
la corrupción por magia, pero la expone tan rápido que deja a los deshonestos
sin tiempo para inventar excusas. Al final del día, la honestidad no debería
ser una anomalía histórica digna de museo, sino la especificación técnica mínima
para instalarse en cualquier cargo público.
¿Tú qué opinas? Si
pudieras programar una sola función automática para auditar a tus políticos
locales, ¿cuál sería?
Argenis Serrano - @Humoristech
Nota: Las confusiones en esta redacción se deben al miedo a que cuando lo publique, me caigan los políticos corruptos encima a denunciarme atreverme a pedir de que sean honestos, cosa que les da urticaria y pobreza.










