La
seguridad de mis cuatro paredes, techo, puerta, piso, ventana y vivir en un
barrio donde el la policía pide salvoconducto, me da la libertad de decir lo
que me de la gana, según yo. Es más, me daba la gana de creérmelo hasta que
llegó ese fatídico día.
Todo
empezó cuando comencé una noble tarea de hacerle la vida imposible a los
desconocidos y fingir ante mis amistades que yo era incapaz de eso, así me
protegerían y podría darle rienda suelta a mi sentir crapuloso lleno de crapulencia.
Lo que parece ser normal en redes sociales pues, tampoco es que soy muy original al parecer.
Lo
que me hacía distinto es que me concentraba en los detalles más doloroso de las
personas, simplemente lanzando hipótesis y evaluaciones sobre su físico, su
forma de escritura, fotos, videos, voz; o sea, que se sintieran mal de haber
colocado material en línea o mejor aún, de existir.
Debo
decir que todo esto lo hacía sin cobrar nada, era parte de mí altruismo en
destruir la felicidad ajena para que nadie pudiera vivir en una burbuja que se
reventase cuando le ocurriesen las cosas malas que debían sucederles porque yo
se las había deseado y esperaba que no me quedaran mal con ello. Y como a la
gente le gusta lo gratis, pues les di mucha de mi beligerancia y falta de
respeto bien dosificada.
Pero,
así como al hombre que decía “ojalá que me salga el diablo, ojalá”, varias
veces al día, hasta que el diable se le apareció y le preguntó que qué quería
con él y este le respondió “era echando vaina”, pues a mí me salió el coco y me
jalo las patas, gracias a una denuncia que alguien elevó a la red social que
creí era libre para hacer el mal, pero no lo era https://telegram.org/
Ocurrió
que en varios de los CanalesTelegram donde yo hacía vida social
afectando la de los demás, comenzaron a elevar reportes que iban dificultando
mi derecho a la libertad de expresión diciendo lo que me daba la gana, algo que
iba contra el pensamiento de lo que me pintaban con una red sin censura y
libertades políticas.
Ocurrió
que los frágiles e intolerantes débiles de mente no aceptaban que yo dijera lo
que me daba la gana en contra de la política, religión, sucesos, eventos
naturales y, mucho peor, el fútbol, beisbol y concursos de belleza. Esos domados
por las corporaciones que se distraen sanamente y con los pies bien puestos en
la tierra, se incomodaban porque yo colocaba oposición, cizaña y metía a sus
mamacitas con o sin contexto en mis opiniones, algo que parece que a los latinos -cristalistos-, les ofende, salvo en los chistes de "tu mamá es tan...", que me parecen ofensivos.
Pero
me atacaron vilmente ya que -según ellos-, la libertad de expresión es un
derecho que está atado al deber de pensar, sentir y hacerse responsable de
comprobar lo dicho y no menospreciar la dignidad humana y otras cosas que
ofendían mi alma comunista y mi visión anarquista del mundo.
Comenzaron
vetándome del top telegram channels donde se reúne la
mejor información, educación y entretenimiento para todas las edades, siendo
personas con material de primera calidad al cual yo sentía la necesidad de
perjudicar.
Me
hicieron caer en la vileza de cambiar de usuarios, de buscar el desbloqueo de la
IP que me dieron, del baneo a la plataforma y además, dieron aviso de quien soy
a las demás redes sociales como a la policía. ¿Vieron que no aguantan nada?
Lo
mas ofensivo es que, sin solicitar salvoconducto, las autoridades llegaron a mí
casa y mi mamá les abrió la puerta y les dijo “llévenselo, no hay diferencia
entre ese cuarto que huele a zoológico y una celda”; mi mamá, la única madre
que no ofendí, me vendió a los uniformados y además, tomó mi cuarto y lo
desinfectó y ventiló.
El
juicio fue totalmente amañado, diciendo cosas que yo sí dije pero sacándolas de
contexto, de que estaba mal que estuviera diciendo lo que me daba la gana
afectando la dignidad de los demás; la descontextualización estuvo en decir que
eso no era libertad de expresión sino anarquía e incitación al odio, como sí yo
tuviese culpa de la apestosa organización y vida al estilo Barbie de los demás.
Y
acá estoy, apartado de mí Telegram querido, donde dicen que se puede decir de
todo mientras que ello no vaya contra los derechos humanos, sin considerar a
los izquierdos que decimos lo que nos sale del forro de la gana; me da ira
pensar que me estafaron con esa supuesta libertad de decir lo que sea
libremente, pero sin poner ni en las letras pequeñas, que lo que se diga debe
ser responsable y no ofender ninguna Constitución a nivel mundial.
Me
rebajaron incluso a hacer esta carta a mano, algo que me tiene peor, porque me
siento del común; y lo más triste es que allá afuera hay millones de personas
en redes sociales haciendo el absurdo de decir lo correcto y creando cosas
buenas, divertidas y necesarias y yo aquí atrapado, sin poder escribirles lo
que pienso para que no comentan el error de sentirse útiles y provechosos.
E
intenté hacer y decir lo que me da la gana dentro de esta prisión y acá me ven,
sordo por los gritos, desvelado y ojerosos, con la boca rota y unos dedos
torcidos, víctima inocente de un franco ataque a la libertad de expresión.




