LA ODISEA (de los cortes eléctricos)

la odisea


Despierta el sol en valles de agonía,

el alba nace gris, sin luz, sin vida,

el despertador calla en su porfía

y la mañana avanza detenida.

Sale el varón de su morada fría,

donde la sombra habita establecida,

con fe que se marchita en el sendero

buscando un rumbo, esquivo y traicionero.

 

Llega al taller con el sudor presente,

el hierro está dormido en el rincón,

no gira el torno, calla la corriente,

se detiene el motor y la ambición.

Las horas pasan lentas, cruelmente,

en una asfixia de resignación,

esperando el milagro, el chispazo,

que alivie el peso de este duro lazo.

 

A mediodía el hambre ya le llama,

camina cuadras bajo el sol ardiente,

pero el local se envuelve en negra trama,

sin luz está el sector, grita la gente.

Ni un jugo frío para el alma en llama,

ni el punto de pago es eficiente,

pues sin señal el aire se detiene

y el hambre en la garganta se sostiene.

 

Retorna a la labor, ya con desvelo,

y al salir de la tarde, al fin cansado,

mira que el semáforo es un duelo,

el tráfico es un nudo desatado.

Cortes programados bajo el cielo,

el caos en la vía se ha instalado,

y en la penumbra de la calle abierta

la paz parece una esperanza muerta.

 

Busca el sustento, el pan de cada día,

y en el abasto suena una matraca,

es la planta eléctrica en su porfía

que ruge fuerte y el silencio aplaca.

Se tarda el cobro, fluye la apatía,

mientras la fila al ánimo machaca,

un generador su aroma exhala

mientras la espera le quiebra la gala.

 

Llega a su hogar, refugio de sus penas,

pero el portal lo recibe oscurecido,

otra vez el silencio en las almenas,

el servicio otra vez se ha despedido.

Siente el calor corriendo por sus venas,

el aire está pesado y comprimido,

y en esa cueva que llama su techo,

el desamparo se le mete al pecho.

 

Camina a tientas, busca una salida,

y en un rincón tropieza con la mesa,

la espinilla recibe la embestida

mientras el alma ruge* de tristeza.

Busca la luz, la lámpara vencida,

que parpadea y muere en su torpeza,

las pilas se agotaron en el tiempo,

viviendo el hombre en este contratiempo.

Zumban zancudos en su oído necio,

ejército de sombras y aguijones,

le cobran al descanso su alto precio

en estas noches de mil privaciones.

 

No hay gas en la cocina, y el desprecio

se siente en los vacíos fogones;

siendo eléctrica, el hambre se agiganta

pues no hay calor que nutra su garganta.

De pronto brilla el foco, ruge el mundo,

volvió la luz, milagro repentino,

corre el hombre en un salto furibundo

a doblegar su trágico destino.

Carga el celular en tiempo muy fecundo,

cocina y limpia con afán genuino,

come apurado, temiendo el momento

en que la sombra traiga su tormento.

 

Se acuesta pronto, el miedo lo domina,

no sea que el rayo de nuevo se apague,

su vida es una marcha en la neblina

mientras el alma en la penumbra vague.

Es la condena de una tierra en ruina,

que el tiempo y el descuido no sufrague,

pues si no cambian a los culpables,

tendremos siempre pelado este cable.

 

Nota: *ruge: Eufemismo por “mentada de madre”

 

Argenis Serrano - @Humoristech 

1 comentario:

  1. Realmente cambian los colores de las paredes como para maquillar el panorama pero no cambian a los culpables, la realidad es que cada día el tema de la luz está tan fraguado que la gente se está acostumbrando y lo está tomando como algo normal y eso es sumamente peligroso para el futuro de nuestro país

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