Por
razones recreativas, integradoras, de cariño y bajo presupuesto, una vez mi
familia del lado materno nos invitó a un día en el Río Chuspa, Estado Miranda,
Venezuela.
Llegamos
en una pequeña van de los años setenta muy de mañana y pasamos un día por demás
espectacular y de muchas actividades: agua, bañarse, comer, dormir bajo el sol reposando
mí cabeza sobre los zapatos (lo que sería bueno de haber sido mis zapatos), más
comida, agua y sol.
Hasta
vi a lo lejos un león de montaña, lo que mis familiares consideraron un delirio
por el sol. Hubiese sido bueno que se acercase para que vieran que no mentía,
aunque hay momentos -como ese- en que es mejor pasar como mentiroso, que
enfrentarse a la verdad.
Recuerdo
que en un momento dado, llegaron cientos de mariposas, como en cualquier intro
de serie de televisión para bebés. De haber sido aves, hubiese sido la reproducción
de la película “Los Pájaros” de Alfred Hitcoch.
Lo que
le dio el sello de oro al viaje, fue el final. Como en cualquier viaje de
diversión, a uno se le pasa el tiempo volando y nos cayó la noche. Desde donde
acampamos (quería escribir esa palabra por lo fina y elegante que se percibe),
hasta donde estaba la carretera, había como un kilómetro de agua y piedra.
Entonces
las mujeres de la familia nos enviaron a un tío, un conocido de la familia (que
nos pesa hoy por hoy, resultó ser mala gente con la gente buena) y a mí, a que lleváramos
parte de las cosas adelante, y a esperar al chofer del transporte, mientras
ellos arreglaban lo demás.
Dicho
y hecho, vadeando agua y esquivando piedras y peces que van a expurgarte la
dermis, con una linterna de luz amarilla casi descargándose, llegamos no sé
cómo al lugar de espera donde ya estaba el chofer, bebiendo junto a su
acompañante, dentro de una taguara que además era paradero, hotel, juringadero,
con ficheras que además daban servicios de frotes umbilicales.
Una de
las “anfitrionas” nos dijo, “pero váyanse por esta orilla, es un caminito real
y llegan a donde van sin mojarse”, cosa a la cual agradecidos, hicimos
caso. Lo que no nos advirtió fue de la
bifurcación de dicho camino.
Y sí,
señoras y señores, caminamos por esa veredita de terreno aplanado por el paso y
enmontada, creyendo que llegaríamos al emplazamiento donde acampábamos (sigue
siendo elegantísima la palabra). De pronto encontramos un camino más ancho,
como para vehículos y, más adelante, una gran reja y un letrero inentendible.
La reja
-que asemejaba más bien a un gran portón-, estaba cerrada, pero tenía una abertura
cuadrada que -más a o menos así a vuelo de pájaro, no tengo vista de
binoculares de militares estadounidenses- mediría unos 60 x 60 cm. Yo, con unos
16 años en ese entonces y pesando unos 60 kilos, flexible y ágil, tuve
problemas para pasar. Mucho más mi tío que medía 1.90 y pesaba unos 90 kilos y
el otro que tenía mi estatura y un poco más de peso.
Reíamos
de lo que nos costó pasar por esa reja, sin pensar, ¿Por qué hay una reja –
portón hacia un río público?; la respuesta llegó de inmediato, en forma de TRES
TIROS AL AIRE ya que habíamos entrado en una propiedad privada.
Se
desató pues nuestro rápido y accidentado retorno por nuestras vidas y, como en
un episodio de Los Tres Chiflados, pasamos la abertura de aproximadamente 60 x
60cm sin rozar, en un micro segundo y casi que los tres a la vez, como quien
traspasa las puertas gigantes de una Catedral.
En la
carrera, tomamos de nuevo la ruta acertada y llegamos al campamento (palabra de
oro, no puedo dejarla de escribir), nuestros familiares esperaban más que
preocupados, molestos, ya que por una supuesta comodidad tardamos más de lo
usual. La descarga que nos dieron no se puede recordar, claramente porque
seguíamos asustados de los tres pepazos que nos echaron.
Retornamos
por el río (porque la lección fue aprendida) y llegamos al bus donde el chofer,
su acompañante y la fichera estaban con os ojos rojos y pidiendo la siguiente
botella. Mi tío, el innombrable y yo agradecimos que ese señor iba a manejar así,
porque desvió toda la atención negativa que había en nosotros por estar
buscando atajos.
Con varios
pares de ojos, algunos insultos, amenazas de denunciar por atender clientes en
estado de ebriedad y rezando a millón ese viaje en 1991, que sería tendencia en
redes sociales actualmente, terminó con un triple final feliz.
Llegamos
sanos y sanos; hicimos el paseo que tanto necesitábamos como familia; no nos volvieron a reprochar dizque porque la
cara de terror y palidez que teníamos ante los plomazos, ya eran suficiente
castigo.
Hoy por
hoy, espero que se repita, pero que maneje un abstemio y que el terreno sea
liso y sin atajos para llegar al campamento (y sigue funcionando la palabra).

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