Tras la Máscara del Comediante

Alguna vez llegué a leer que un afamado comediante le dijo a su recién esposa que vivirían del humor y chistes de él y que ella comenzó a llorar de la preocupación.

 

Otro comediante, novel él, fue a registrar a su hija recién nacida y al consultársele su oficio, la secretaria no lo supo colocar en la planilla porque en la base de datos, esa no era una profesión.

 

Y muchos casos hay de hijos que le comunican a su padre que quiere ser comediante, humorista, imitador, ventrílocuo o cualquier variante para hacer reír y el padre se lamenta (de forma bidireccional). Como hacen con los músicos, teatreros, pintores o quienes sueñan ser beisbolistas o modelos y el talento y físico y la falta de patrocinador, no les ayudan.

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Robin Williams: La comedia era su muleta...

 

La máscara del comediante

El comediante tiene que llorar en silencio y hacer reír con bulla, incluso cuando sólo usa gestos o artilugios para ello.

 

Nadie sabe cuándo el comediante pasa hambre, no se siente bien, cuando la sombra de un adiós al otro mundo le acongoja e igual tiene que hacer que el chiste explote o le abucheen y no le pagan.

 

El comediante cuando quiere expresar su dolor patrio, sus pensamientos de unión o hasta de indignación, tiene el riesgo de no ser tomados en cuenta porque hay la errónea percepción de que sólo saben reír y eso les resta cualquier otro sentir.

 

Sólo el Guasón puede reír día y noche, porque su rostro está marcado. El comediante también siente, pero la gente está tan expectante o necesitada de que alguien le rompa la cruda realidad de nuestras sociedades, que le es imposible ver que detrás de su creatividad para la risa, hay una inmensa profundidad de pensamientos que sabe canalizar en pro del ciudadano.

 

Si un comediante se enamora, la verdad que le cuesta que le tomen en serio. Similar al primer párrafo, la contraparte duda que le ponga seriedad al asunto del amor. No saben que el humor es cosa seria y hay que pensar y sentir mucho para que el chiste nazca. Y esos pensamientos salen de la realidad conocida, descrita y reflexionada.

 

El tiempo del comediante

Puede pasar un mes o más tiempo para hacer una rutina de 5 minutos. Y puede pasar mucho más para poder echarla y que esta logre el efecto deseado y el colateral, que es el feedback que hará crecer una nueva estrella…o chiste.

 

El comediante lee y escribe porque ve y describe. Una simbiosis necesaria que muchos desestiman, pensando que no estudio o que lanzó al traste lo estudiado. Tremendo fallo, porque nadie nace aprendido y hasta el más empírico de los seres humanos, sabe valorar, aprovechar y entender lo que la universidad de la vida le enseña.

 

Todo comediante tiene un tiempo y lugar, muchas veces lo sueña, lo construye. Pero casi siempre llega solo, en la risa y fe de quienes creen en él y lo que hace y siente.

 

El sufrir del comediante

Todo esto es una cruz del comediante. La condena de hacer reír que no es condena, pero que le hace doble batallar con los que creen que sólo sirve para una cosa y sin esa, nadie es.

 

El comediante llora, grita, se enfurece, se lanza al piso, pregunta a la fuerza mayor en la que cree ¿Por qué?, ante cualquier revés.

 

Sí, hasta el más escéptico, gruñón, rebelde sin causa, contestatario, geniecillo, bohemio, fanfarrón, iconoclasta, escéptico, beligerante, indiferente de los comediantes, se postra ante una energía mayor a sus fuerzas y de allí, crea una resiliencia a sus fuerzas que él no comprende, pero acata a la calladita, para no confundir a su público tanto como él está.

 

La mujer comediante

Ellas tienen el Everest más alto. No por la mal llamada competencia y disparidad de los géneros, sino porque debe salir del encasillamiento del chiste en contra de su contraparte y sus vástagos y demostrar que no es color rosa el mundo que les rodea, pero ellas lo pueden teñir de los colores que quieren.

 

Una mujer comediante es intimidante para cualquier hombre, porque de plano es exitosa. Sabe cuándo y dónde ser graciosa y cuándo y dónde no serlo. Eso atrae y aleja a la vez, según la debilidad de su entorno.

 

Ellas se reinventan pues, no para demostrar que son mejor que los hombres, sino mostrar que el humor es lo que les hace ser más femeninas, comprendidas, escuchadas y diferentes, sin miedo al qué dirán, porque todo lo que se dice de ellas, es bonito y sin igual.

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El comediante gay o les o con discapacidad

Cuando la misma persona se ataca, se le adelanta a los que quieren atacarle y le desarman desconcertándole. Esto hacen estos comediantes y a paso firme van haciéndose un nombre y granjeado afectos, muy por encima del dolor de no ser comprendidos en su forma interna de ser.

 

Y eso, les da más oportunidad de bien calar, luego llega el turno de fortalecerles por parte de su material.

 

El comediante de a pie

No todo comediante es famoso, no todo comediante sube a una tarima, no todo comediante sale en un flayer. Y eso, no le quita su sitial en el humor.

 

Con técnica y organización, hace reír en una fila, un bus, una reunión familiar, una disertación, una clase o un velorio.

 

Reconforta de manera metódica y de buen gusto al dolido que necesita sacar su dolor y luego un punto de quiebre para el mismo. Allí entra ese comediante de a pie.

 

Aquel que se nutre de la risa afable y bien ganada; que no humilla ni recurre a lo fácil, sino que hace un entramado para demostrar que su chiste, está bien pensado, elaborado y bien aplicado.

 

Ese es un comediante de a diario que bien ganado tiene el cielo. Y aunque sufre porque antes se veía llenado teatros, estado en televisión y viajando para echar sus chistes como otrora hacían sus ídolos, hoy por hoy sabe que la risa, venga de donde venga, es un pago que bien le sienta a su vida.

 

El fin del comediante

Llegará esa persona del humor a su fin físico, pero sus chistes quedarán. Las risas que sacó incluso en los momentos más duros del alma de otros e incluso de la propia, siempre valdrán la pena.

 

Y llegado el juicio final, apelará a su medio de gozar la vida –el humor- y pedirá el perdón de sus pecados, con el más bello humor del universo, la gracia de Dios.

 

Sí, esa que acepta hasta los que de Él hicieron chistes de todo tipo en vida.

 

Ser comediante no es cualquier cosa, es una cruz y una máscara que se lleva a gusto, incluso cuando se está preocupado, seco o a disgusto.

 

Hasta los que hicieron reír y se fueron de la manera más triste e inentendible, no dejan de vivir en la gracia de su legado. Es así como el alma del comediante, puede vivir, dormir y partir en sana paz.

 

Humor y Paz a cada Comediante de buena voluntad.

 

Argenis Serrano - @Humoristech 

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