Cuando hacerse “Mala Sangre” es una profesión 24/7

Ni los laboratorios en merida se darían abasto si existiese la prueba diagnóstica del mala sangre; aunque seguramente nadie se la iría a hacer, sea porque le van a buscar un conflicto sacado de los pelos o porque esa patología no se reconoce, solamente se vive con la idea de que es la más acertada y que son los demás los que están equivocados

Para ellos, los que viven viviendo alegres*, positivos, optimistas, como si fuesen parte de la tierra de los Cariñositos, están destinados a ser comidos por el sistema y, por alguna extraña razón, termina dándoles más coraje, ya que los mala sangre tienen alta tendencia a entrometerse en la existencia de los demás.

Todos conocemos a esas personas que tienen el don involuntario de convertir cualquier contratiempo en una catástrofe personal y dejan de ser personas, una suerte de Bruce Banner mutando a Hulk, especialmente porque se ponen verde de envidia de que a los demás les vaya bien o sepan ser resilientes, incluso cuando no tienen ni meretriz idea de qué es resiliente.

Son los especialistas en el arte de "molestarse por todo", porque como dijimos, para ellos, la vida no es una paleta de colores, sino una escala de grises que oscila entre el gris oscuro y el negro absoluto o ese color turbio que surge cuando agarramos todas las plastilinas del empaque y las fusionamos en una sola pelota y, además, a esta pelota se le pegan unos pelos.

mala sangre
 

El diagnóstico molecular de la preocupación de que no les acepten su actitud mala sangre

Son tan **malasangrosos que le buscan el malestar a cualquier situación, incluso las positivas. Por ejemplo, se realizan pruebas de dengue porque se las exigen para un empleo o la universidad o para descartar que tengan la enfermedad, y se molestan porque dan negativo y se demuestra que están sanos.

Andan renuentes, balbuceando, echando espuma por la boca y batiendo cosas tan sólo porque se hicieron un examen de laboratorio y no les encontraron enfermedad alguna, por lo cual perdieron su acción de levantarse temprano, estar en ayunas y pagar por un diagnóstico que -presumían- era así de positivo. Estarían más alegres sí les inventan una enfermedad, como la aventación de codos o el dobladillo de lengua, para justificar su ¿esfuerzo?

Para el mala sangre no existen los días brillantes, sino los días que queman las retinas y hace un calor del demonio. Tampoco disfrutan de la noche, ya que la mitad de ella están pegados al teléfono echándole odio a los demás y las otras horas son para dormir y soñar que el mundo está hecho a su medida y son los reyes, por lo que al despertar, además de levantarse cansados, se consiguen con la cruda realidad y… ¡Se hacen más mala sangre!

Para estos profesionales de la amargura, una simple gota de lluvia no es agua, es el inicio de una inundación que arruinará sus zapatos favoritos, además de que verá a niños y niñas jugando bajo la lluvia, felices como él o ella no pueden ser.

Si el autobús se retrasa cinco minutos, no es un inconveniente menor, es una conspiración universal para sabotear su día, y probablemente el resto de la semana, confiados también de que al montarse, de seguro irán de pie y el colector les va a recostar e tostón cuando cobre el pasaje y, sí no es así, se molestan por haberse equivocado, lo que les hace añorar el que les recuesten el tostón solo para tener razón.

Consultando a un laboratorista para poder justificar esta teoría de que el mala sangre es una persona enferme pero no por la sangre que su cuerpo tiene (y que sí, le va a salir sí lo cortan cuando esté molesto), pues lo único que en bioanálisis podrían detectarle a estos seres es que su glucosa en la sangre siempre es normal, pero sus niveles de cortisol emocional están por las nubes, reaccionando ante cada estímulo como si fuera una prueba de esfuerzo para el fin del mundo (pujando un apocalipsis, por así llamarlo).

El problema de "hacerse mala sangre" es que no sólo afecta al estado de ánimo, cansa a los demás, aumenta la proporción a que le partan la jeta o que termine laborando en el departamento de quejas de una tienda o sea policía de escritorio, sino que a largo plazo, termina afectando la química real del cuerpo (se pondrá hediondito literal y realmente).

Es que amargarse por no dejar es un auto-envenenamiento lento, donde la preocupación crónica es la toxina y -para su pesar- la alegría es el antídoto que siempre se niegan a inyectarse, especialmente porque tendrían que pedir demasiadas disculpas y además les dolería la cara, ya que su quijada no está acostumbrada al san acto de sonreír.

Al final del día, estas personas ***malasangrosas necesitan recordar que el único análisis que importa es el de la felicidad, y ese, por suerte, siempre da positivo si deciden dejar de tomar la vida tan a pecho... y tan en serio.

Argenis Serrano - @Humoristech

Nota: *viven viviendo alegres. **malasangrosos. ***malsangrosas: Escrito de esa forma porque así me sonó bonito y punto, no se hagan mala sangre por eso. 

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